Duarte Pinto Coelho: Decorador, coleccionista y cosmopolita
ABC
2010-07-08
En París aprende de los grandes decoradores, conoce los interiores de casas fantásticas y a comienzo de los años cincuenta Duarte se traslada a España. Aquí veía una gran oportunidad para desarrollar su proyecto como anticuario y decorador al tratarse de una sociedad que después de las catástrofes bélicas, nacional y europea, comenzaba lentamente a remontar. En España no había decoradores, era un lugar por tanto excelente para comenzar y no se equivocó. Su talento lo convirtió desde los años sesenta en el decorador, de casas privadas y también de interiores públicos, que a día de hoy más tiempo ha estado en la primera línea de prestigio profesional. Su último trabajo importante, el Hotel Finca Cortesín, se inauguró ahora hace un año y en las últimas semanas de su vida hablaba con pasión y sumo deleite de la posible redecoración del Hotel Santo Mauro. El trabajo de Duarte no se limitó, sin embargo, a España lo que habría sido inconcebible en una persona tan abierta. Desde el principio hasta el final sus proyectos se han desarrollado en Estados Unidos, buena parte de Latinoamérica, India, Malawi y en toda Europa.
Ha sido también un apasionado coleccionista de arte popular. Los barros malagueños, las cerámicas y vajillas de Caldas o las acuarelas sobre volcanes constituyen, entre otras, colecciones de enorme interés que han sido expuestas en distintos museos. Esa valiosa contribución le fue reconocida en el año 2002 con la Medalla de Oro a las Bellas Artes de la que tan orgulloso y honrado se sentía, al igual que de la Cruz de la Orden del Mérito Civil que recibiera en 1989.
Amaba España, sentía un gran afecto por los Reyes y tenia una enorme lealtad a la Corona, aquí pasó la mayor parte de su vida, aquí tuvo la inmensa mayoría de sus mejores amigos, junto a sus íntimos portugueses, unos amigos que empieza a hacer desde los años cincuenta, como Luís Escobar, Marqués de las Marismas, al que recordaba siempre de forma tan entrañable, y tantos y tantos otros (imposible citar aquí siquiera a los más íntimos) que hemos tenido la fortuna de disfrutarlo.
A finales de los años sesenta con un grupo de personas entre las que se encontraba Javier de Salas, entonces director del Museo del Prado, Duarte participó en la constitución de la sociedad “Amigos de Trujillo” a la que tanto debe la recuperación del casco histórico de esa Villa de conquistadores. En Trujillo, al que llega inicialmente con Ailine Romanones, muy cerca de su amada Portugal, pasaba grandes temporadas en una magnífica casa que había sido convento y hospital y que había restaurado con magnífico gusto. Allí, como en su casa-palacio de la calle D. Pedro, en Madrid, Duarte organizaba veladas inolvidables por el interés de las personas que participaban pero, sobre todo, por el refinamiento y la generosidad del anfitrión.
Ha muerto en Trujillo, casi no podía ser de otra manera, acompañado del enorme afecto y cuidados de José Luís y Consuelo a los que tanto quería. Su cuerpo reposó en esa espléndida capilla del siglo XVIII de su casa, cuya cúpula es de un arquitecto portugués. Descansará para siempre en Portugal y somos incontables los amigos a los que nos deja recuerdos tan gratos que no podrán sucumbir en el olvido. En sus últimas horas daba las gracias a todos, pero en realidad, Duarte, todos te las tenemos que dar a tí




